La contaminación de los cuerpos y cursos de agua no la hacen los carteles de la droga, ni los gobiernos corruptos, sino que la contaminación la hacemos los municipios y al final la hacemos nosotros mismos. O sea, en un entorno con delincuencia, nosotros somos los delincuentes ante nuestra naturaleza al descargar nuestros efluentes en los ríos, lagos y mares.
En el mundo de las redes sociales, donde defendemos a los gatos y a poblaciones de las Islas Seychelles afectadas por el cambio climático no nos atrevemos a mirar atrás para ver que estamos haciendo nosotros con nuestras propias responsabilidades en la gestión del agua a nivel de cuenca. Y el día en el que tomemos consciencia en el verdadero destino de nuestras aguas servidas, y el día en que entendamos lo que nuestros desechos hacen y lo que deshacen en los ecosistemas, ese día entenderemos que nuestras acciones no estarán sujetas a la aceptación de las personas, ni a los likes, sino a un entendimiento del impacto en el medio físico y a la responsabilidad de tomar cartas en asunto.
A continuación mostramos un ejemplo de una gestión del agua nefasta y cotidiana en un contexto de gobernabilidad y responsabilidad emergentes.